
Santiago es hermoso cuando comienza a caer el sol. Los colores se funden con las nubes y la cordillera toma un leve color rosa crema y vainilla. Las luces se prenden, e iluminan sólo las cosas bellas; bajo el alero de las sombras quedan las imperfecciones de la ciudad. El tráfico se agiliza. La gente lucha por volver pronto a sus hogares. Los bares sacan las sillas esperando a los noctámbulos que escapan del rigor de la ciudad.
Después el invierno no es tan malo.
Aunque el verano es mejor…entonces la gente no huye tan rápido de todo lugar, incluso a veces se toma un poco de tiempo para admirar. Aquí donde estoy, el verano, la primavera y el calor traen de vuelta a la vida cada rincón que el invierno tiende a congelar. La gente pasea y se ríe. Los niños vienen con sus padres a jugar y andar en bicicleta. La música se torna el corazón de este lugar. Las ferias florecen. Los bares se inundan de risas y amigos. Los pájaros vuelven a cantar y los niños se sorprenden viéndolos tan coloridos, saltar de árbol en rama. Los habitantes de los edificios a principios de diciembre abren sus cortinas y cuelgan luces de todos colores, que vistas desde lejos, forman un maravilloso ballet totalmente descoordinado de tonalidades con connotaciones navideñas. Los amantes que frecuentan este lugar se multiplican; aunque en invierno también están…no existe temperatura para el amor!… En verano, se los puede ver por los pastos y las heladerías y cerca de la fuente…¡Por todos lados en verdad!
…Mirándolo así, ya no me parece tan descabellado guardar tantos recuerdos de este lugar…
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